Pepito Pérez era un pequeño ratón que vivía en un agujerito de un gran edificio en el centro de la ciudad.
Un día, un tremendo ajetreo en la escalera despertó la curiosidad de Pepito y al llegar la noche subió a investigar.
En el antiguo piso de la señora Ruibarbo habían instalado una clínica dental. Al ratoncito le pareció tan interesante que todas las mañanas se instalaba tras un archivador y tomaba apuntes sobre lo que la Doctora Clorofila hacía a sus pacientes. Pronto empezó a sacar muelas y a hacer limpiezas de boca a su familia y amigos pero fue con los blanqueamientos dentales cuando su fama traspasó las fronteras de su barrio.
A mediados de diciembre un ratón jubilado apareció por su casa, y le dijo: "Pepito, la Navidad se acerca y ayer se me cayó mi último diente, es muy triste pero este año ya no podré comer turrón, podrías pegármelo?". Pero lo cierto es que el diente tenía muchas caries, y entonces se acordó que la doctora guardaba un bote con los dientes de leche de los niños y subió a buscarlo. En un santiamén le hizo una dentadura postiza.
Al día siguiente doce ratones desdentados llegaron a su consulta para que les hiciese a ellos también dentaduras, por lo que enseguida se quedó sin dientes.
Estuvo toda la tarde pensando como podía conseguir más dientes, hasta que llegó a la conclusión que tenía que comprarlos a los niños. Al principio, llegaba a casa del niño al que se le había caído ese día el diente y buscaba por su cuarto el diente, cuando lo encontraba le dejaba un regalito.
Pronto se corrió la voz y los niños empezaron a dejar los dientes bajo su almohada para que Pérez los encontrara más fácilmente y así darle tiempo a recoger todos los dientes caídos aquel día.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.



Me parece una historia encantadora para contar a mis niños... están en esa edad todavía, tan maravillosa, de la inocencia.
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